Diecisiete camas





Diecisiete camas, diecisiete pacientes, tres enfermeras, con suerte, tres. Hombres de todas las edades, en su mayoría acompañados de sus mujeres, hijas, hermanas, madres. Caras flacas y tristes mutando a veces a sonrisas de esperanzas o a risas de un chiste bienvenido.

Camaradería, increíble hermandad formada a partir del dolor común, de la desazón por la incertidumbre del futuro, por la misma enfermedad, por la puta enfermedad. Hermandad alimentada por la pobreza y la falta y la carencia, de plata, de información, de atención, de la ignorancia no de ellos, sino de los médicos que pasan cama a cama como quien pasa revista en un cuartel, tomando provecho del señorío brindado por sus estudios sobre la ignorancia del pobre que en mi país aun le dice con respeto y casi sin mirar a los ojos “Dotor”. Y si, “Dotor a Ud. le parece?” “Dotor y pa’cuando me opera” “Dotor es normal me duela así?” “Dotor mire que mi mujer no puede estar viniendo pa’ca a cada rato de allá vio? Porque es lejos y sale caro y m’ijo justo perdió el trabajo porque lo echaron de la fábrica, sintió la testil del interior? No se cuanta gente al seguro de pario vio? Y no pagan nada y yo acá sin poder trabajar…”
“Y si Ud. trabaja se me muere amigo, va a tener que aguantarse acá hasta que haya lugar en la sala y se le opere, porque acá hay muchos casos y algunos más graves que el suyo y no dan los tiempos, pero no se preocupe, mañana lo vengo a ver, cualquier cosa que necesite le pide a la enfermera” un golpecito en el hombro, semisonrisa y sigue la ronda, total para los tres pesos podridos que paga la Salud Pública bastante hago en este agujero de porquería que tengo que seguir a la privada y después contestar el llamado de mi mujer que aun no decidió que vamos a hacer para festejar los 50 años de casados de los padres… y tengo tiempo yo para tanta pavada? Por qué carajo no se ocupa ella? Alguien me hizo señas? Ah, si ese de la cama 12 me tiene harto… me hago el que no lo veo y listo” y con un poco de culpa y un poco más de apuro termina la ronda dejando al paciente comentando qué bien el doctor que le dijo dentro de poquito lo opera y si Dios quiere y sale todo bien “me voy seguidita pa’casa”.

Asqueada de todo esto y también con un poco de culpa, aprovecho la ronda de los médicos para salir y tomar aire fresco. Respiro hondo, muy hondo a ver si me saco el olor de orín de la nariz, pero nada, parece impregnado, nariz, pelo, manos, ropa, no hay lugar donde no lo sienta. Y si, diecisiete hombres con problemas en la próstata… diecisiete, cambios continuos de catéteres, sondas, violines que se caen… imposible no haya olor; pero yo no lo resisto. Salí delicadita para ser hija de un mecánico. Pasada mi infancia entre fierros me gusta más el olor de la balblulina y aserrín que el del pichi, no lo voy a negar. Me da menos asco limpiarme las manos llenas de grasa en una estopa que cambiarle la cama a mi viejo… un asco yo, un asco inmenso, ya no me soporto.

Encima la espalda, cada vez me duele más, qué será? Ya me estoy preguntando, hace meses cargo con este dolor y ningún ‘dotor’ sabe decirme qué es. Todos los estudios parecen burlarse de mi psiquis, porque no dan ‘nada’, es decir no tengo ‘nada’ visible o concreto o que aparezca bajo la forma tangible de un resultado de análisis y la verdad estoy harta de las drogas, las caras de burla de los médicos, los consejos que haga terapia alternando con la fisiatría que no me da resultado. El ultimo experimento al que me sometí, había sido infiltrarme a la altura de la lumbar en tres puntos distintos con una anestesia previa, una epidural, el dolor de esta última fue infinitamente más fuerte que el de las infiltraciones. El resultado fue un fin de semana entero revolcándome en la cama y el lunes peor que el viernes anterior, así que no más, no más experimentos, por ahora me aguanto el dolor de pie, por lo menos puedo cuidar a papá y controlar a los “dotores”; desde la cama no puedo.

Vuelvo a la sala más calmada y encuentro a papá charlando con los dos vecinos más cercanos riéndose y contando chistes como si fuera una reunión de asado y cartas de viernes a la noche. Me ve llegar y se le amplia la sonrisa. Esa sonrisa de dientes inmensos que le hizo murmurar en mi oído a mi primer novio cuando lo vio: “muerde?” y si, los dientes son grandes, de ahí el apodo de “el conejo” (yo “la coneja chica” o “la conejita” obvio sin otras connotaciones playboyescas, por más que fuera dentro del ámbito repuestero/talleril), pero la sonrisa es mayor, la sonrisa es cálida, encantadora. Los ojos de párpados caídos son hermosos, pícaros, cálidos y subyugantes como un par de castañas calientes; cuántas mujeres han caído por esas miradas? Muchas, y a muchas conocí. Pero por el momento la mujer que se acerca soy yo, su hija, la mayor, su preferida y en realidad, creo que su primer y único amor.


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