El concurso
Estoy mirando un especial sobre el IAVA y obviamente
comienzan nombrando a la reforma Valeriana. Inmediatamente me retrotrae a un
concurso de redacción sobre nuestra máxima figura en lo que a la revolución
educativa se refiere, en el cual participé en mi último año de escuela.
Obviamente, como niña cuasi adolescente, sumamente
competitiva que era, me esmeré al máximo para ganarlo y así lo hice. Ya había
estado semifinalista en un concurso de pintura, otra de mis pasiones y al no
lograr el premio me había quedado ese gustito amargo que prácticamente pica y
yo debía sí o sí ganar éste.
La escuela, una de las pocas en su categoría como publica y
de práctica, no solo contaba con 3 turnos, sino que poseía un laboratorio y un
teatro muy parecido en su estructura a los cines (los desterrados cuando
aparecieron los shoppings y demás…). Las butacas de madera tenían el asiento
rebatible (de los que se pliegan automáticamente al respaldo cuando uno se
levanta) y contaba con un escenario con el consabido cortinado rojo (o parecía
rojo, me pregunto quién tendría ganas de limpiar toooodo ese cortinado enorme y
altísimo, tarea prácticamente altruista más que titánica). En el mismo
ensayábamos todas las obras y bailes a presentar en las variadas fiestas
anuales y la preparación de las consabidas kermeses sin las cuales la escuela
no se sostendría.
Así que, en uno de los ensayos, pedí permiso y como yo no
bailaba (gordita, con dos pies izquierdos y ninguna gracia, jamás elegida, lo
cual agradecía profundamente ya que odiaba figurar en escena) me dediqué a
terminar mi “obra”.
La misma ganó, pero la directora de la escuela pidió, la
reescribiera porque mi letra era no sólo totalmente desprolija y espantosa sino
casi ininteligible. La maestra muy orgullosa de que hubiera ganado una alumna
de su clase, me ayudó y me retocó algunos pasajes… siete veces, sí, siete veces
tuve que reescribir mi ensayo sobre Varela (ya a esa altura con los “retoques”
de la maestra, mis agregados y correcciones era más un ensayo que una redacción
de una niña de escuela). Creo la maestra se lo había tomado a pecho y algo de
quién sabe qué frustración personal proyectaba en mí deseando fuera
prácticamente una obra digna de un Pulitzer o algo por el estilo. En un momento
con un tono que reflejaba más un orgullo herido que su deseo de ayudarme,
recuerdo me espetó delante de toda la clase “menos mal que al concurso no llega
que la alumna ganadora (subrayando la
palabra ganadora con tono de ofensa) tuvo que reescribir 7 veces su obra (repito el subrayado). No bajé
la cabeza y la enfrenté con mi mirada ya que sabía que yo no era realmente de
su preferencia. Había sido abanderada el año anterior y no podía sacarme porque
mantenía el nivel de notas, pero su “alumna preferida” obviamente era hija de
la madre que más trabajaba en la comisión de padres (la mía quedaba totalmente
fuera de concurso ya que trabajaba todo el día y con las horas extras para
mantener el hogar muchas veces ni la cara le veía).
Pasados unos meses, me comunicó muy fríamente que mi
“escrito” (noten el descenso de categoría) no había pasado a la final nacional.
¡Más allá de la obvia falta de pedagogía que sufrimos los hijos de la
dictadura, no olvidaré más ese momento, en el que no me importó ganar el
nacional, había descubierto que aparte de amar leer, podía estar del otro lado,
podía escribir y alguien podía leer lo que yo escribía, era realmente
maravilloso!!!
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