Domingo de mañana
Domingo de mañana, todo un preparativo, a ver que no nos
podemos olvidar de nada. Y empezamos a preparar el bolso grande de rafia con
una flor enorme amarilla con un botón anaranjado y grandes hojas verdes, que
por suerte siempre llevaba mi madre ya que yo lo odiaba por la simple razón que
me lastimaba los brazos cuando lo cargaba, esas tiras como de paja se me
clavaban en mis brazos aún muy tiernos y además mamá siempre estaba dispuesta a
cargar por mí.
Está todo? A ver, toalla para la playa, una para cada una
(toallas grandes, feas, horribles, las más feas de la casa, generalmente
blancas con grandes listones en verde y rojo que apenas terminaba la temporada
de verano se lavaban religiosamente y se guardaban hasta el verano siguiente),
el aceite de coco para broncearnos bien. Este aceite en realidad era un invento
de mamá, llamado pomposamente aceite de coco con almendras, era comprado en la
farmacia pidiendo la mezcla y se le agregaba un poco de la bebida de Cola de
moda en los años 70 ya que se afirmaba que ayudaba a ‘quemarte más con menos
tiempo al sol’, total en esa época el agujero de la capa de ozono ni existía,
para qué cuidarse si una se podía tender deliciosamente al sol a la una del
mediodía espantando las moscas que se posaban sobre esa piel suavemente
acaramelada? Yo realmente lo detestaba pero mamá me lo imponía así que escapaba
de él simplemente estando en el agua el mayor tiempo posible.
Luego venían las ‘chancletas’ -ahora ojotas o cualquier
marca de moda, en aquellos años simplemente chancletas- la toalla chica para
sacarnos la arena de los pies antes de subir al ómnibus y ya la aprovecho para
secarte la cola cuando te cambie la malla por la bombacha así te venís sequita
afirmaba mamá mientras movía grácilmente su gran trasero sobre sus delgadas
piernas de un lado para el otro. A ver qué falta, ah!!! La comida, qué boba!
(ni boluda ni nada por el estilo, no se puteaba) entonces en grandes
servilletas de papel procedíamos al ritual de envolver las milanesas al pan
–que después se cubrían con servilletas de tela que nos servían para limpiarnos
las manos- las galletitas María (las más baratas y las más ricas, bien
uruguayas), las tanjarinas, uvas o bananas, lo que hubiera en la heladera y el
termo con Jugolín. ¡Qué gastadas sufrían en la escuela en esa época los Martín!,
menos mal yo era nena, el jingle en su parte no contada, hacía uso y abuso de
la voz más estridentemente femenina (¿supuestamente maternal?) que luego de un
casting, nada riguroso supongo, gritaba: “a dónde vas Martín?” la pobre
criatura se daba vuelta sonriendo y como un niño obediente contestaba también a
los gritos “¡A tomar Jugolín!”. Visto a la distancia creo esa blonda criatura
era más adecuada para aparecer en Poltersgeist o el Anticristo que en ese
comercial. Ningún niño en su sano juicio podía contestar a esa pregunta de esa
forma tan inmediatamente obediente y sonriente… imposible! Al Jugolín seguía la
heladerita con tantos hielos como entraran porque la verdad no había nada más
asqueroso que pensar en tomarlo caliente.
Todo eso lo cargaba mi madre en un brazo junto con el dinero
para el ómnibus que iba bien abajo para que no la robaran. Llevaba casi lo
justo para la ida y la vuelta y alguna extrita que había logrado sustraer de la
mirada vigilante de mi terrible Buba (léase abuela; ahora que lo pienso… qué
curioso bastó que muriera para que nunca más me refiriera a ella como Buba,
pasó automáticamente a ser ‘la abuela’) por si ‘a la nena’ se le antojaba un
helado o algo así. Abundaban los heladeros a la hora de más calor que ofrecían
entre grito y canto ‘palitobombónheladoooooo’, o los barquilleros con su eterno
triángulo, ‘tinglitinglitingli’ ‘barquilleroooooooooooooooo’. Pocos padres se
salvaban de las miradas suplicantes de sus hijos. Finalmente sucumbían al
evidente silente pedido y con ganas de asesinar al vendedor ambulante lo
llamaban para que mostrara con su sonriente profesionalidad su mercadería para
que el niño eligiera.
A mí sólo me tocaba llevar mi bolsito con mis juegos de
playa, baldecito, palita y moldes para formar mis interminables castillos y
alguna malla extra por si ensuciaba la mía y la eterna ‘bombachita’ para
cambiarme antes de volver (cosa que odiaba profundamente porque me daba mucha
vergüenza me desnudaran en la playa), pero ante la perspectiva de pasar un día
entero de sol y agua todo se desvanecía. Una cuadra y media hasta la esquina
más filosa de Montevideo: Sierra y Lima y allí a esperar el 128 Pocitos. En
pocos minutos llegábamos entre familias que lo atestaban con sus respectivos
hijos que habían decidido ser tan originales como nosotros y pasar todo el día
en la playa.
Porque se pasaba TODO el día, desde las nueve de la mañana o
antes, hasta las cinco o seis de la tarde, así que para tantas horas se
alquilaba sombrilla; mamá se dirigía con su sonrisa más insinuante al
‘sombrillero’ a ver si le conseguía una linda y bien ubicada “a esa no, que
tiene agujeros y está fea y aquella otra?”, a mi me daba vergüenza así que
miraba para todos lados hasta que ella elegía y pagaba la bagatela que
representaba en aquella época contar con sombra para todo el día. Mi mirada ya
paseaba igual hacia todos lados, no estaba aún tan lleno y el agua parecía
preciosa. A pesar de que siempre íbamos solas, para mí era un placer y además,
quién sabe con un poco de suerte conseguía que alguna nena quisiera jugar
conmigo. Y sino quería bueno, volvía como si tal cosa a mi sombrilla
anunciándole a mi madre a los gritos “es una boba, no quiere jugar”. Si el agua
estaba ‘buena’ y no había agua vivas, el placer se multiplicaba, no sólo zafaba
de ese ungüento aceitoso horrible sino que gozaba de uno de los mayores
placeres que me ofrecía la playa: el agua.
Aún con el tiempo sigo sin entender como una niña tan amante
del agua nunca aprendió a nadar!!!
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